Llevaba caminando cerca de dos horas, sin dirigirme a ningún lado en realidad. El trabajo en la universidad y en casa me tenían harta, necesitaba distraerme con urgencia… aunque con un clima como el que se cargaba el día no era exactamente el más favorable para despejar la mente. El cielo se pintaba de azul ceniciento y el frío calaba mis huesos. Muy apenas lograba protegerme detrás de mi bufanda y por más que me encogiera en hombros el aire helado se colaba por mi abrigo. Pensé en maldecir, pensé en dar la vuelta y regresar a mi casa; dónde todo es más cálido y dónde seguramente la lluvia no mojaría mis botas nuevas…
Estaba por girar sobre mi misma e irme por dónde vine, cuando frente a mi se alzó un local que no había visto antes. El viento comenzó a arreciar, así que decidí entrar… total, nada perdía con ir a tontear un rato. Apresuré mi paso y entré en el establecimiento. Apenas puse un pie dentro y las micas de mis lentes de pasta se empañaron completamente por lo cálido del lugar. Y suspiré, al menos no pasaría frío ahí dentro.
Salude a la cajera, que se ubicaba cerca de la puerta, y comencé a recorrer los pasillos caminando pausadamente. Observando por unos momentos lo que me rodeaba. El lugar no era del todo grande, pero tenía un olor añejo que me fascinaba y me obligaba a caminar despacio entre tanto estante. No estoy segura de qué, cómo o por qué, pero algo me hizo detenerme en seco. Giré lentamente mis ojos… y entonces lo vi.
Y en ese momento quedé petrificada. Como clavada en el suelo. Un escalofrío recorrió mi espalda de punta a punta y puedo apostar a que incluso me sonroje (ahora que lo pienso, me apena. Pero me fue inevitable). Caminé trastabillando hasta posarme frente a él. Mis ojos recorrieron con cuidado su níveo cuerpo, deteniéndome un poco en cada detalle… hasta que caí en cuenta de lo que hacía. Quizás parecía una maniaca, pero me era imposible apartarle los ojos. Quise tocarle, pero me contuve. Quise decir algo, pero mi garganta se secó. Quise tomarlo y salir corriendo con él lo más lejos posible.
¿Saben lo que ocurre? ¿No? Ese momento en que haces clic, en que parece que el mundo comienza a cobrar sentido, que parece como si el destino se entretejiera para que llegaras a tal punto… Estoy segura que sonreía como una tonta, que mis piernas temblaban. Pero estaba tan emocionada que nada de eso importaba.
Extendí mis manos para tocarle, para sujetarlo con fuerza. Tenia que irse conmigo a casa, tenía que acompañarme esta noche, tenía que ser mío…
De esas veces en las que ves un libro en un anaquel y piensas: “Estoy jodidamente enamorada”.